
Estaba entonces ahí, solo en esa cueva húmeda y oscura. Aislado del mundo, sin querer saber nada de los humanos y sus problemas. Solo había pasado ya un año, pensando que si salía no había alguien como él, escéptico al mundo. Creía que estaba bien, pero en su interior sabía que tenía una misión que cumplir: compartir con el mundo su vida. Era otro día en su cueva, solo, solo acompañado del sonido del mar, esperando por una señal que le diría cuando salir a ver de nuevo el exterior. De repente, hubo un terremoto, toda la cueva se estremeció y las aguas del mar se agitaron, pero no estaba ahí, no era esa la señal. Esperó entonces, cuando una columna de fuego recorrió la cueva, era tan caliente como el mismo sol, pero no estaba ahí, no era la señal que esperaba. Continuó en la cueva, esperando por una voz que le hiciera recapacitar. Esperando estaba, cuando una brisa suave y que acariciaba su piel entro a la cueva, era la voz que esperaba, ahí estaba, tan claro, esa era la señal, ya no tenía que vivir más solito, podía salir al mundo a cumplir su misión. Era la señal que tanto espero, salió y se encaminó a cumplir lo que desde un principio estaba destinado a hacer…

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