Corriendo me encontraba mientras un perro detrás de mi venia. El típico perro de colonia que se duerme en la entrada a la tienda, color café claro y un par de manchas negras cubren su cuerpo, ¡feo el chucho! Como el Canelo lo conoce la gente por ahí.
Y todo empezó desde temprano. Mi mamá me levanto, día sábado, y me dijo que necesitaba leche y pan para el desayuno; al instante que me levanto, reclame diciendo: “¿Y por que no va alguno de mis hermanos?” la respuesta nunca llegó sino que un billete azul en mi mano fue la respuesta. Me puse de pie, busque mis tenis y una gorra porque tenía el pelo como si fuese un sayaying de dragón ball Z. Agarré mis llaves y salí a la calle, frio y con neblina el día. Llegué a la primera tienda y me llevé la sorpresa que estaba cerrada, un par de cuadras más y encontré una abierta. A orillas de la entrada dormía el Canelo y yo pues, aún el 75% de mi estaba también dormido. “Buenos días, ¿Qué va a querer?” me pregunto el cuate que atendía, acompañado de dos grandes cheles en los ojos; “deme un litro de leche y pan francés por favor” Seguido a eso el proceso del trueque del papelito azul por lo que me llenaría la panza dentro de un rato. “Gracias” y me di la vuelta pero el 75% de mi cuerpo dormido le machuco la cola al Canelo que deliciosamente dormía. Al instante me asuste y se despertó todo mi cuerpo, el perro reaccionó y ladró como reclamando haber sido despertado, al igual que yo. Segundos después me encontraba yo corriendo y detrás de mi un perro que quería comerme; en una de esas le saque ventaja y me detuve busque una piedra, la tomé, me voltee, y se la tire pero no le di, así que corrí otra vez, ya para llegar a mi casa el perro se cansó y me dejo en paz.
Mi corazón estaba agitado y un poco asustado. En eso escuche una voz que dijo: “Buenos días, hora de levantarse, necesito que vayas a la tienda”. Ahhh!!!
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